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Mi articulario. El Paraíso que se fue


José Manuel Peque Martínez

El Paraíso que se fue

Los textos bíblicos hablan de un jardín donde todo era perfecto. Un lugar divino, creado por la mano de Dios, donde el hombre y los seres vivos convivían en perfecta armonía hasta que el pecado original provocó que la Humanidad fuera expulsada y que ese paraíso desapareciera para siempre.

Como sucede en muchos de sus relatos, el texto bíblico tan sólo recoge pasajes de otras tradiciones en ocasiones muy anteriores, y realmente no existe cultura en la antigüedad que no recordara sus orígenes como una época perfecta desarrollada en un entorno mágico donde todas las cosas negativas de este mundo no tenían cabida.

Obviamente el paso del tiempo y las circunstancias sociales, culturales, políticas, económicas o de cualquier  otro tipo provocan que, como aún hoy ocurre, se mire al pasado con nostalgia e  incluso se tienda a ver como una época dorada que nunca volverá por la  ruindad de los hombres.

Sin embargo, los arqueólogos e historiadores de todos los  tiempos han buscado un lugar que pudiera ser origen de aquel Paraíso. Tradicionalmente se ha optado por buscarlo en el Creciente Fértil Mesopotámico, ya que allí tuvieron lugar las, todavía hasta la fecha, civilizaciones más antiguas conocidas, pero la realidad es que, salvando desvíos de cursos de alguno de los dos grandes ríos que lo sostienen: El Tigris y el Éufrates, y de alguna inundación que pudo dar origen al mito del Diluvio Universal, es un ámbito en el que históricamente no se recuerda algo lo suficientemente catastrófico como para considerar que aquí se pudiera originar la leyenda de un Edén perdido.

Sin embargo sí existe un lugar donde durante una época se produjo uno de los  más maravillosos prodigios de la naturaleza, y cuya extinción sí pudo provocar un cierto trauma en la Humanidad de entonces, que quizás se sintió culpable ante la desaparición de un entorno natural fantástico que les había sostenido y alimentado quizás durante milenios.

Al amparo del Igarghar

Hemos retrocedido 12000 años en el tiempo. La última glaciación toca a su fin. En Europa y Norteamérica grandes placas de hielo que cubrían estos continentes casi por entero empiezan a fundirse. Los grandes vapores de agua producidos por este deshielo comienzan a acumularse y formar enormes cúmulos de tempestades monzónicas que cruzan el Mediterráneo y descargan su ira en el norte del continente africano. Allí, donde se encontraba un desierto más extenso y seco aún que el actual Sáhara, estas lluvias intensas hacen que la  tierra se retire y fluyan, como de la nada, enormes ríos, y comiencen  a florecer también plantas y flores desérticas que llevaban quizás siglos sin crecer en este lugar.

Quizás  el más importante de aquellos ríos fuera  el Igarghar, que nacía en el corazón de África y llegó a ser tan caudaloso como el Amazonas. Un río espléndido que hizo crecer y desarrollarse la vida  a su paso y que la mantuvo hasta su extinción en el sexto milenio anterior a nuestra era.

Sin embargo lo más importante que dejó el Igarghar no fue esa maravilla de resurrección natural sino las comunidades humanas que se establecieron en sus riberas y que crearon, en los macizos del sur de Argelia el mayor patrimonio mundial en cuanto a restos históricos y artísticos de los periodos paleolítico y neolítico, contabilizado en decenas de miles de pinturas y grabados. Me refiero, ya lo he hecho en otras ocasiones a lo largo de estos años, al macizo de Tassili N´Ajjer, que en aquellos tiempos hacía honor a su nombre árabe: “meseta entre los ríos”.

Un mundo bello e inimaginable

Pero no sólo era Tassili. Todo lo que  hoy en día pueblan las arenas del Sáhara era un inmenso vergel acuático y ecuatorial donde toda la fauna africana, incluso especies hoy desaparecidas, y decenas de comunidades humanas encontraron un filón en el cual crecer y multiplicarse (quizás este término bíblico jamás estuvo mejor empleado que en esta ocasión). Probablemente la mayoría de las etnias africanas que pueblan hoy África habitó en estos lugares e incluso es posible que ciertos habitantes del Egipto predinástico procedieran también de aquí.

Sin embargo, por desgracia, con el fin del deshielo terminó también el monzón, y las lluvias que mantenían este auténtico paraíso desaparecieron, comenzando así, de forma terrible e inevitable, la cruel desertización que fue desecándolo todo y provocó la dispersión humana y faunística (¿el Gran Éxodo?) que hizo que las comunidades humanas perdieran el contacto entre ellas.

El recuerdo de lo perdido

Este éxodo debió causar un gran impacto psicológico, sin duda. Y, más  que probablemente, el no entender los factores por los cuales un territorio que le dio a la Humanidad cobijo y sustento durante milenios acabara arruinado de esa manera llevó a buscar explicaciones divinas, el castigo divino más cruel, ejemplarizante e impactante que pudo sufrir el ser humano a lo largo de su historia.

Por  ello no descarto que en la desertización del Sáhara y su anterior florecimiento se encuentren buena parte de los sucesos que propiciaron el relato bíblico del Edén perdido.

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