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Mi articulario. Soñando la Tierra


José Manuel Peque Martínez


Soñando la Tierra

Desde su primer aliento, el ser humano tuvo la capacidad de soñar. Quizás esta frase suene romántica, y se quiera incluir como el inicio de mi trabajo. Pero eso no quita para que sea menos cierta.

La Humanidad, esta especie excepcional dotada por la Creación o por la Evolución de unas dotes impresionantes y utilísimas para transformar el medio en el cual vive, y que por desgracia suele  utilizar más para destruir que para crear soñó, desde el principio de sus tiempos, con alcanzar algo más que lo que su cotidianidad le ofrecía.

Ciertamente el ser  humano no es una criatura conformista, y siempre desea algo más. Si tenía cobijo desearía uno más confortable y más a salvo de  moradores peligrosos y depredadores. Si vivía en un entorno natural donde existiera abundante caza, desearía poder tener esa caza abundante  para siempre; si deseaba que su familia o clan social perdurara a través  de los tiempos, desearía poder  hacer algo para que los vientres de sus mujeres fueran siempre fértiles.

Crear realidad a partir de deseos

En estos primeros tiempos, donde el conocimiento científico aún no estaba desarrollado (y faltaba todo el camino para que lo estuviese), la Humanidad recurrió a la invocación de todos aquellos deseos de prosperidad y pujanza para conseguir que se hicieran efectivos. No fue otro el origen de las pinturas rupestres y de las religiones chamánicas y animistas que aún hoy en día se siguen practicando en los rincones más  apartados e inaccesibles de nuestro planeta.

Adelantándonos mucho en el tiempo, los antiguos egipcios creían que existían determinadas palabras que al pronunciarlas hacían presente aquello que deseaban (lo llamaban el “nombre auténtico”. En Sumer lo llamaban los “me”). No hay ninguna razón para no creer que en los tiempos paleolíticos y neolíticos no ocurriera lo mismo en los clanes tribales y las pequeñas sociedades  rurales de nuestra más temprana antigüedad.

Para ellos invocar con fuerza un concepto o idea era una forma de alcanzarlo. Y realizarle rituales y sacrificios un acto con el cual este viniese más rápido y abundante.

No es fácil explicar en unos cuantos párrafos toda  la idiosincracia mística que produce el tratar de pasar del mundo de las ideas (al más puro estilo platoniano) al mundo real a través de un acto de invocación y de fe. Sin embargo así es como nuestros más remotos antepasados lo vivían, y de hecho es en lo que creían fervientemente.

Y en ese terreno donde se juntan lo real y lo imaginario, a través  de la rutina y la práctica diaria, es  como se crea la  magia.

La magia es efectiva sólo cuando aquello que se desea se consigue en realidad.

De la  caverna al hogar

Todo fue un proceso lento, y sufrido. Porque la magia se hacía esperar, y era el ser humano a través de sus obras quien más rápidamente la  hacía real.

No siempre  las invocaciones  tenían su efecto, y la Humanidad vivió un largo peregrinaje desde su estancia en las cavernas en compañia de  osos, hienas y leones hasta la construcción de la primera cabaña.

Un proceso de milenios que necesitó de varios estados intermedios y que fue consiguiéndose como las gotas de una cascada que van formando un manantial que se convertirá  en un afluente, después en un río, y terminará en el mar.

Una sucesión de pequeños  logros que acabarán formando hitos que irán conformando lo que es el ser humano hoy en día. Pero eso es otra historia y se irá contando en otros artículos.

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